El verano, los miércoles, agosto, el color naranja, las tardes frías de primavera, el 156 al Hipódromo, la calle Fernández Crespo, las mochilas de La vela, los libros de Saramago, la playa, las corbatas, las lapiceras azules, los poemas que escribí a los 16, el 2014, las películas de Jodorowski, los guiones que escribí a los 22, la noche en que Maite me dejó, el día en que mi Abuela Blanca murió, la ciudad de Trinidad.
La lista sigue, llevo días con una página abierta en Docs, me prometo terminarla pero la ansiedad me susurra al oído errores, disgustos, traumas y tristezas en cada pausa entre capítulo y capítulo de una serie que puse para distraerme, pero que no logra su cometido.
Cierro los ojos y aparecen las pesadillas, apago la luz de la cocina y aparecen las babosas. Te estoy besando, me humedezco los labios y te vas. Quiero apagar el cerebro y se me prende la radio.
Todos los días me acuesto y sé que es demasiado tarde, sé que aunque no quiera a las 4 de la mañana le va a sonar la alarma al vecino de arriba y me va a despertar y después ya no voy a poder volver a dormir y también sé que mañana va a ser igual.
Todas las noches escribo en mi agenda lo que creo me deparará mañana, todavía con la ilusión de que llegue la noche otra vez y no haya querido morir
Dice Sbarra:
“Hay quienes aseguran vivir sin creer ni esperar nada. Mienten. Hasta para suicidarse es necesario tener esperanza, por lo menos, en que con la muerte se acabe el sufrimiento y estar convencidos de que la muerte es un largo sueño. Estas son las cosas que nos torturan, éstas y otras tantas que se entremezclan, se fusionan y se agitan en nuestras cabezas impidiéndonos elaborar un relato lógico. Así es que, mejor, renunciamos.”
Yo no sé si quiero renunciar aún.