Hace mucho que no escucho Buenos Muchachos; será porque ya no estoy tan deprimido o porque dejé la cocaína. Hace tiempo que no camino a oscuras por el centro, ni me desvelo por un desamor. Pasaron años, en los que no he estado tan mal.
Escribo mucho menos, no sé por qué. Leo mucho más, hablo mucho más por teléfono y tampoco sé por qué.
Con estas palabras estoy estrenando una notebook, que me invitó a sentarme en la mesa del living, café mediante, a apretar teclas para contar, no sé qué.
Quizá debería empezar por ser sincero y decir que extraño el whisky, pero no la culpa de la mañana siguiente.
Es superlativamente más hermosa la vida cuando trabajas y te alcanza para pagar Spotify, pero para eso, tuve que darme cuenta que no era normal, ni mi vida, ni yo, ni cómo vivía esa vida.
Amaría pararme acá y decirles a todos, que el mismísimo Cristo se hizo carne frente a mi y de la mano me abrazó al reino de los cielos. Pero no.
Fue el dolor, fue la soledad, fue la culpa, fue el hambre.
Fue mi padre
Fueron mis hermanos
Es mi novia.
Tuve que perdonarme, tuve que arriesgar la comodidad, tuve que quererme a mí mismo. Pero no de esa forma banal de "Mi cuerpo, mi templo" ni ninguna pantomima new age. Quererse a uno, es no pensar que la única salida va a ser la de la bala al otro lado de la sien.
Perdonarse es saber que la vida casi siempre es una mierda, y no somos más que lo que los fracasos hicieron de nosotros. Que no tuvimos la culpa, que al otro lado del teléfono, hay alguien esperando que lo llames y le digas cuánto lo amas.
Quererse, es escribir un libro, para que el mundo te recuerde.
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