22 de agosto de 2026

El encendedor del destino

—¿Te jodo con fuego?

—No, no, toma.

—Pero no prende.

—Es que estoy queriendo dejar de fumar y éste prende a veces sí y a veces no. Entonces dejo a la suerte si ese día fumo.

— Un encendedor del destino. Es una buena técnica. Aunque puede ser que sea una excusa para no decirme que en realidad ni fumás y no sabés de dónde salió ese encendedor.

—Eso también podría ser una buena teoría. Pero la verdad verdadera es que me da paja comprar uno nuevo y llevo tres días sin fumar por eso.

—¿Te aguantás? Yo, si no tengo, pido.
—A mí me da vergüenza la gente. Le pedís fuego y termina contando una historia sobre dejar de fumar.
—Como ahora.
—No, porque ahora me caés bien.
—Vos también, aunque me caerías mejor si tu encendedor funcionara y yo pudiera fumar.
—Qué gracioso, una queriendo dejar de fumar y le piden un encendedor que ande. Dejame ver si tengo plata, compramos uno y charlamos en el camino. ¿Vos estás apurado?
—Nunca estoy apurado si no estoy aburrido, o si me prometen un encendedor.
—Y vos ¿Por qué no te compras uno, en vez de andar pidiendo?
—Es que intento dejar de fumar y me aguanto todo lo que puedo hasta que veo alguien con un morral y sé que tiene fuego y le pido.
—¿Tanto se ve mi morral?
—Fue lo segundo que vi de vos, lo primero fue la bufanda.
—La hizo mi abuela, en los ratos libres entre que no fumaba.
—¿Por qué no dejamos de fumar los dos y nos ahorramos la plata de dos encendedores? Con esa plata podríamos comprar Mantecol.
—Qué específico, pero me gusta la idea, además dicen que fumar hace mucho mal, como la carne muy quemada, el polvillo de la madera, los parásitos intestinales y trabajar de noche.
—¿Todo eso nos puede matar? ¡Deberíamos vivir con miedo a morir constantemente! Fumar al final no es nada, nos puede matar un auto en la esquina.
—¿Cómo te llamas?
—¿Acaso importa? ¿Querés fuego o una excusa para hablarme?
—Fuego, pero me parece que si voy a caminar al super con alguien no sea una desconocida, mi madre me decía que los desconocidos te pueden secuestrar.
—Quedate tranquilo no te voy a secuestrar, ¿y si sos vos que te acercas pidiendo fuego y termino sin el hígado o los riñones?
—No no, solo llevo 5 horas sin fumar. Al final la técnica del encendedor de Schrödinger que anda y no anda al mismo tiempo funciona. Llevamos 15 minutos sin fumar. Son 5 horas y cuarto.
—Te propongo algo. Vamos compramos los encendedores, nos saludamos cordialmente y nunca más sabemos el uno del otro.
—Me parece bien, sería una linda anécdota mañana.
—Mejor compramos uno solo, tiramos una moneda y el que pierde, deja de fumar y le dice el nombre al otro.






9 de agosto de 2026

Buenos Muchachos

Hace mucho que no escucho Buenos Muchachos; será porque ya no estoy tan deprimido o porque dejé la cocaína. Hace tiempo que no camino a oscuras por el centro, ni me desvelo por un desamor. Pasaron años, en los que no he estado tan mal.
Escribo mucho menos, no sé por qué. Leo mucho más, hablo mucho más por teléfono y tampoco sé por qué.
Con estas palabras estoy estrenando una notebook, que me invitó a sentarme en la mesa del living, café mediante, a apretar teclas para contar, no sé qué.
Quizá debería empezar por ser sincero y decir que extraño el whisky, pero no la culpa de la mañana siguiente.
Es superlativamente más hermosa la vida cuando trabajas y te alcanza para pagar Spotify, pero para eso, tuve que darme cuenta que no era normal, ni mi vida, ni yo, ni cómo vivía esa vida.
Amaría pararme acá y decirles a todos, que el mismísimo Cristo se hizo carne frente a mi y de la mano me abrazó al reino de los cielos. Pero no.
Fue el dolor, fue la soledad, fue la culpa, fue el hambre.
Fue mi padre
Fueron mis hermanos
Es mi novia.
Tuve que perdonarme, tuve que arriesgar la comodidad, tuve que quererme a mí mismo. Pero no de esa forma banal de "Mi cuerpo, mi templo" ni ninguna pantomima new age. Quererse a uno, es no pensar que la única salida va a ser la de la bala al otro lado de la sien.
Perdonarse es saber que la vida casi siempre es una mierda, y no somos más que lo que los fracasos hicieron de nosotros. Que no tuvimos la culpa, que al otro lado del teléfono, hay alguien esperando que lo llames y le digas cuánto lo amas.
Quererse, es escribir un libro, para que el mundo te recuerde.

6 de agosto de 2026

Culpa


Nadie te habla de la culpa que te da la depresión. Todos te dicen que la culpa es tuya: que no le pusiste ganas, que no cambiaste, que no saliste a correr, que no tenes un hobby, que no elegiste bien a la gente que te rodea, que no comiste más sano. Y en esa tormenta te ahogas en las palabras que no te salen, te inunda el silencio, te encerrás; pensás que si no le contás a nadie capaz todo pase y sea solo una tristeza temporal.


Pero no. Sos vos lleno de culpa por no estar feliz aún teniendo amigos que te aman y un techo, sos vos respondiendo monosílabos. Sos vos odiando tu trabajo, sos vos luchando todos los días.


Entonces una mañana, haces de tripa corazón y llamas a tu madre, más por las ganas de oír su voz, que de contarle de tu vida y que lo más productivo de tu día fue poder prestarle atención a una película. Intentas sacarle charla, esquivas tu llanto y mantenés el tono inquebrantable, esperando poder estar dos minutos hablando con otro ser humano sin sentirte mal por todo lo que no querés contar.


Pero no. Tu madre te conoce y sabe que no hablaron por una semana porque algo te pasaba. Es tu madre la que más te conoce, la que escucha más de lo que decís con palabras y, con las herramientas que tiene y con las que ha construido su mundo, te pregunta, ingenua:

¿Otra vez estás pensando cosas tristes?


Te quedas en silencio, ella entiende y cambia de tema, te manda fotos de tus sobrinos, te pregunta si comiste, si fuiste a trabajar, si te pudiste bañar, si pudiste siquiera salir de la cama. Y vos, volvés a contestar monosílabos. Te vuelve a dar culpa, porque querías pensar en otra cosa y terminas oyendo el “crack” de su voz empezando a quebrarse. 


Le decís que sí a todo, que está todo bien, que volviste a la facultad y que de momento en el call center seguís con la capacitación, que aunque no quedes, te va a dar para pagar un mes más de alquiler. 


Pero lo único que le querés decir es:

Mamá, no quiero volver a pensar cosas tristes.


23 de julio de 2026

Aprendí

Aprendí a tocar la guitarra para que escuches tu canción favorita junto a mi. Me mudé, para que no camines por esa esquina que no te gustaba; pedí helado en julio, porque me decías que era romántico. Escribí poemas para que me vuelvas a decir que te gustaban mis textos. Hice listas por la mañana, compré fruta en la feria, cociné sano para toda la semana, fui al peluquero y recompuse la relación con mi abuela. Dejé de tomar los lunes y empecé a leer libros en papel, también volví a escribir mis cuentos a mano.

Aprendí a correr lunas jugando con tu perro, a decirle Batlle y Ordoñez a Propios, tuve que diferenciar el 121 del 21, porque solo uno me dejaba en tu casa. 

Vi El Septimo Sello, y escuché a Tonolec, descubrí que eran el erke y el erkencho escuchando la música del norte de Argentina que tanto te gustaba. Dejé de ver televisión y cerré twiiter, cambié mi email, empecé a decir adiós y disculpe. Cambié a Tarantino por David Lynch. 

Pero también lloré canciones de Marea y Estrechinato, recordándote cuando no estabas. 

Con el tiempo también terminé mi carrera, porque quería ser una buena opción, pero ya era tarde, De pronto nada me hacía reír más que el recuerdo de tu sonrisa y empecé un espiral descendente a la locura, extrañándote en los momentos más inoportunos. 

Todo terminó y supe que no era yo al que amabas. Y que en verdad no te conocía. Que no había sido mi culpa, ni la tuya, que habíamos hecho lo imposible, pero no alcanzó, que nos habíamos acostumbrado a dar todo por el otro sin cuidarnos a nosotros mismos. Y que nada podía arreglar las cosas. Y que cambié pero no aprendí, que no curé. Volví a estar solo, a escribir hasta tarde, a romper libretas, a caminar por Guayabos para esquivar la gente, no volví a tocar la guitarra pero sí volví a mudarme, para no recordarte volviendo a casa.

20 de julio de 2026

Esperanza

El verano, los miércoles, agosto, el color naranja, las tardes frías de primavera, el 156 al Hipódromo, la calle Fernández Crespo, las mochilas de La vela, los libros de Saramago, la playa, las corbatas, las lapiceras azules, los poemas que escribí a los 16, el 2014, las películas de Jodorowski, los guiones que escribí a los 22, la noche en que Maite me dejó, el día en que mi Abuela Blanca murió, la ciudad de Trinidad. 
La lista sigue, llevo días con una página abierta en Docs, me prometo terminarla pero la ansiedad me susurra al oído errores, disgustos, traumas y tristezas en cada pausa entre capítulo y capítulo de una serie que puse para distraerme, pero que no logra su cometido. 
Cierro los ojos y aparecen las pesadillas, apago la luz de la cocina y aparecen las babosas. Te estoy besando, me humedezco los labios y te vas. Quiero apagar el cerebro y se me prende la radio. 
Todos los días me acuesto y sé que es demasiado tarde, sé que aunque no quiera a las 4 de la mañana le va a sonar la alarma al vecino de arriba y me va a despertar y después ya no voy a poder volver a dormir y también sé que mañana va a ser igual. 
Todas las noches escribo en mi agenda lo que creo me deparará mañana, todavía con la ilusión de que llegue la noche otra vez y no haya querido morir
Dice Sbarra:
“Hay quienes aseguran vivir sin creer ni esperar nada. Mienten. Hasta para suicidarse es necesario tener esperanza, por lo menos, en que con la muerte se acabe el sufrimiento y estar convencidos de que la muerte es un largo sueño. Estas son las cosas que nos torturan, éstas y otras tantas que se entremezclan, se fusionan y se agitan en nuestras cabezas impidiéndonos elaborar un relato lógico. Así es que, mejor, renunciamos.”
Yo no sé si quiero renunciar aún.

13 de julio de 2026

Hay noches.

Hay noches en que no puedo dormir, que me ataca la ansiedad, que no me puedo concentrar y salto de una aplicación a la otra, de una serie a un video, a un reel, a escribir en mi libreta. Que salgo por cerveza y vuelvo arrepentido y solo, mojado por la lluvia y sin cerveza. 

Hoy quisiera tenerle menos miedo a la muerte, no estar tan ansioso por un futuro incierto, pensar en qué me voy a equivocar la próxima vez, o la otra, o la siguiente, que me voy a dormir mañana, que voy a volver a la depresión, quiero no tener miedo de recaer, dejar de temblar, aprender a amar sin miedo a que todo se termine. 
Hoy es una de esas noches en que me lleno de culpa, en que lloro por haber pasado tantas noches triste, y lloro más porque el ciclo se repite. Que me critico a mi mismo por no salir del pozo, que me siento sucio. Solo. Hay noches en que borro todo lo que escribo, que leo mis palabras y me parecen ajenas, que miro mi biblioteca y no recuerdo haber leído nada. En que pienso en mi madre y no siento su perfume, que quiero hablarle a mi padre y olvidé su número. 
Hoy, no sé por qué, no puedo dormir, no hay abrazos, ni las sábanas se sienten cálidas, no tuve fuerza para cambiarme, ni me hacen efecto las pastillas, volví a fumar, volví a llorar, volví a escribir y borrar. 
Hay noches, como hoy, muy parecidas a otras noches donde no me reconozco.