27 de diciembre de 2019

Recostado en sus rodillas

Soñé con el amor de una mujer que no usaba corpiño, nos acurrucamos en los pasillos de una facultad a la que nunca fui. No pude ver su cara durante todo el sueño pero la besaba como nunca a nadie. La recuerdo delgada, castaña y hermosa, aunque no recuerdo su nombre, tal vez nunca lo supe, era la amiga de una amiga.
Lo soñé en una siesta de diciembre en la que volé de fiebre, pero me desperté con los labios frescos por sus besos.
Quién sabrá más que yo cómo extraño sus besos, aunque fueran parte de sueño. Nadie se imagina cómo me acuesto queriendo volver a soñarla. Solo ustedes ahora, donde escribo para no olvidarla.
Tengo aún la sensación en mi espalda de recostarme en sus rodillas, sentados en el piso de alguna plaza. Recuerdo ese primer beso que nunca existió con más detalles que los que tengo de mi propia vida. Puedo verme acercándome a besarla en cámara lenta, como nos besamos sin saber qué pasaba, como nos abrazamos y agarramos nuestras nucas para que nadie pudiera separarnos. Puedo verme feliz en ese momento después de haber esperado tanto y que pasó en el momento justo, como todos los primeros besos.

-Mal momento para conocer en sueños a un amor de facultad cuando ya no hay más clases- Me dijo un amigo perspicaz. 

Eso me dejó aún más triste, sabiendo que mis sueños son más sádicos de lo que creía. Siempre recuerdo mis sueños Un analista diría que extraño estar enamorado, una bruja diría que fue premonitorio, y mis amigos me dicen - como siempre- que estoy loco. Yo quisiera no haberlo soñado, porque llevo semanas pensando en una mujer que no existe, en un futuro que no va a pasar, en una locura que me atormenta.

14 de noviembre de 2019

Un ateo con culpa

Me gustaría creer en algo superior, que domine los entresijos de mi vida para echarle la culpa de todo al destino, dejar de ser un ateo con culpa, para ser un creyente con esperanza. Me gustaría contar en alguna reunión que mi vida cambió gracias a un dios todopoderoso que recordó mi existencia y quiso darle un empujón de optimismo.
 Pero no, soy un ateo con culpa.
 Cada domingo amanezco con resaca en mi cama sin hacer, en vez de estar rezando a un dios que me perdone por todo lo malo que he hecho, pero no puedo. Sé que muchas de las estrellas que vemos ya murieron, sé que mi signo no es más que una forma de sacar charla en un bar, sé que el cielo es azul por la frecuencia de la luz, y que no importa su color, no será el destino de mi alma cuando muera.
 Me aplasta la idea de estar solo frente al mundo, me asfixia la idea de ser solo un ateo con culpa y tantas dudas. Mientras otros van campantes por la vida, teniendo la verdad absoluta, sabiendo qué hacer y qué decir, sabiendo cómo surgió el universo y cómo va a terminar. Mientras yo lloro por culpa y desconcierto.
 Me encantaría ser yo ese dios en mi vida, pero tampoco creo en mi.

21 de octubre de 2019

Selemno, Argira y el tiempo.


Mañana hace un año que me separé, pasé toda la mañana tarareando una canción de Carolina Durante y moría de ganas de que fuera domingo. Escuché canciones de Silvio Rodríguez. Pensé mucho mucho tiempo y más de la cuenta, de lo que tengo y lo que me falta.
No sé por qué me acuerdo el día exacto en que te dije que quería estar solo, sin recordar después de tanto tiempo todo lo que odio la soledad.
En ningún momento estuve triste, más de lo que estoy todos los días, lo juro, pero me embargó la nostalgia. Salí a caminar al mediodía con los auriculares puestos y El Incendio de Eté & y los Problems en Spotify.

“Yo creo que es mejor
seguir moviéndome
a dónde voy no sé “

Justo la noche anterior escuchaba a Dolina sin poder dormir, que narraba el mito griego de Selemno, la historia de amor del joven pastor, ese que un día se enamoró de la ninfa Argira, según dicen, como toda ninfa era extramadamente hermosa.
Ella, para suerte del pastor, también se enamoró de él y fueron amantes durante muchos años. Se amaron con locura y pasión, pero el tiempo pasó, como pasa siempre, casi sin darse cuenta. Y mientras pasaba, Selemno dejaba de ser joven y también dejaba de ser hermoso a los ojos de Argira.
Por lo que la ninfa un día lo dejó de amar y se fue.
Desolado, triste y todavía enamorado, murió. Según dice la historia, fue la muerte más triste de toda Grecia, Selemno no pudo arrancar el amor de su cuerpo nunca y ésto compadeció a la mismísima diosa del Amor Afrodita que conmovida, decidió transformarlo en un río que con el poder de hacer olvidar sus penas a cualquiera que se bañara en sus aguas y así, nadie más muriera de amor.

No pude dejar de pensar en todos los momentos que yo quisiera olvidar, en cómo todos somos un poco Selemno, nos ponemos viejos y cambiamos. No hay a quién culpar más que al tiempo.
Como también a veces somos Argira dejando de amar.
Yo seguí caminando por el cerro, la música cambió muchas veces, me dolían las piernas y terminé parado frente al río de la plata viendo de frente al puerto. Respirando profundo y sin recordar cómo volver a mi casa.